Pedro Lorente Alaquàs¿Es la silla quien da el poder a la persona o es la persona quien se lo da a la silla?
Muchas veces me hago esta pregunta ante las situaciones que vivimos en nuestra
sociedad, sobre todo en política, de personas que se empecinan en mantener su puesto de
“poder” aun cuando ha quedado más que demostrado que han perdido la confianza para
ejercer las funciones a desempeñar en tal asiento.

Centrándonos en el ámbito político ( el resto de situaciones son similares y no da espacio
en este artículo) yo personalmente encuentro una contradicción en lo establecido. Los
cargos públicos son elegidos a través de un sistema democrático representando una fuerza
o grupo político y sus ideales. Esto quiere decir que, aunque es importante si las personas
que van en las listas sean conocidas y tengan un perfil profesional bueno, los votantes, la
mayoría de ellos al menos, votan al partido, más aún si cabe en circunscripciones pequeñas
como autonomías o municipios, más aún si cabe (valga la redundancia) si muchos de esos
candidatos casi ni aparecen o son conocidos en el ámbito político donde se les vota. En
definitiva casi tenemos por seguro que el resultado de las votaciones depende más del
partido al que representas que no a quien eres, tanto es así que personas que no son para
nada bien valoradas e incluso muchos llegarían a repudiar de su círculo social, llegan a
ocupar un puesto en nuestras instituciones a raíz de que representan un partido, un ideal.
Estaremos más o menos de acuerdo en este sistema de representación, pero es el que
tenemos y, hasta que no se cambie, es el que tenemos que respetar. Pero ¿Por qué no se
aplica este tipo de representación a todos los niveles? Me refiero claro está cuando
llegamos al caso de los tránsfugas y no adscritos. Ahí es donde la ley a mi entender tiene
una contradicción.

Para poder ser elegible tienes que ir representando una fuerza política o, al menos en
ámbito local, lograr el apoyo vía firmas de un número no menor al 1% del censo a la
agrupación de electores de esa localidad o zona. Esas firmas apoyan no a una persona,
sino a una agrupación, léase partido o grupo, para poder participar en la campaña electoral.
El día de las votaciones, cuando dejamos nuestra papeleta en las urnas, no votamos a una
persona, votamos a una fuerza política representada por varias personas, por unos ideales
acordes a los nuestros. Pero, llegado el caso de que un cargo institucional deja de
representar los ideales de esa fuerza política, nos topamos con la ley que nos dice que el
acta de su cargo institucional es personal e intransferible y es aquí donde encuentro yo
personalmente la contradicción.

Está claro que hay casos y casos, véase por ejemplo cuando un partido o fuerza política
pierde su cohesión o estructura. Pero por desgracia los que más abundan son aquellos que,
habiendo perdido la confianza de la fuerza política a la que representan, que es la fuerza
política que representa a quienes le han votado, se agarran con uñas y dientes por lo que
queda de legislatura a la silla. Pareciera pues que es la silla la que poder a la persona.
Bueno, al menos así será por lo que le quede de legislatura, ya que una vez acabada y
comenzando de nuevo los comicios, esa misma persona que se jactaba de que con su acta
defiende los derechos de sus votantes (perdón, los votantes que votaron al partido o fuerza
política que decidió que mejor no lo representara como cargo institucional) no tendrá opción,
al menos no con esa fuerza política, de volver a salir elegido para ese mismo cargo.

En definitiva pienso que la persona no da el poder a la silla ni que la silla da el poder a la
persona. El poder tanto a uno como a otra lo dan los ciudadanos en su derecho al voto y
estos votan por unos ideales, por un programa, no por una u otra persona. Son estas
personas que salen elegidas las que tienen que defender esos ideales y programas en las
sillas para así respetar la decisión de quienes les han votado y, si en algún momento dado,
dejan de representar esos ideales, apartarse a un lado y dejar que el resto de personas que
representan a esos votantes sigan con la labor que se les ha encomendado vía comicios.
Pero claro esto mientras la ley siga como está hasta ahora seguirá igual.

¿Cuál es la solución entonces? a mi entender solo hay dos posibilidades, aunque las dos
van hacia un mismo fin, la coherencia. O se hacen listas abiertas y que los votantes tengan
la posibilidad de votar dentro de unos ideales, que persona o personas quieren que los
representen, o se decide que esos cargos institucionales electos son representados por la
fuerza política votada y no por las personas que lo ocupan.

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